Cepillar el pelo de tu gato no es algo de lo que se pueda pasar, tenga el pelo corto o largo. Varía la frecuencia con que lo haces, el tiempo que le dedicas cada vez… pero es muy importante que cepilles su pelo. Hoy te hablaré de los beneficios que tiene, de cómo acostumbrarlo, sobre cómo hacerlo y qué herramientas hay en el mercado para ayudarte en esta tarea. Sigue leyendo

Este es un tema con bastante controversia. Mucha gente opina que los gatos no se pueden educar, que son espíritus libres y que hacen lo que quieren, incluso me ha pasado ya varias veces de amigos que cuando ven que llamo a mis gatas y vienen, se sorprenden. Evidentemente, se trata de personas que no han convivido con gatos, y que el poco contacto que han tenido con ellos habrá sido con gatos callejeros. Claro, a un perro callejero le dices “Ven bonito, ven” y lo más probable es que obedezca, que corra a tu encuentro meneando la cola. Y con un gato callejero, la probabilidad de que haga eso es prácticamente nula. Por qué? Pues porque son especies diferentes, y su comportamiento también lo es.

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Cuando llegue el gatito, o gato ya adulto (sirve para ambos cuando llegan a un nuevo hogar), debes tenerlo en su habitación santuario al principio, es por su bien, que no te de cosilla dejarlo solo a ratos, él lo necesita. Si ves que se ha escondido no lo saques a la fuerza, ni estés justo al lado, mirándolo. Él necesita serenarse, ver, desde un lugar que él considera que es seguro, que en esa habitación no hay peligro. No hay dos gatos iguales, cada uno tiene su ritmo. Los hay que en un día ya estarán adaptados y los hay que necesitan más tiempo.

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Así comienzo mi historia con “my golden cats”, contándoos por qué nos decidimos a tener un gato de raza. Soy alérgica a los gatos y a los perros. Creo que es de las cosas que más rabia me dan, porque me encantan. No lo era cuando adoptamos a Linda, mi primera gata, ni cuando un día vi en el escaparate de un almacén de piensos a Nuka, mi adorada perra, y sin pensarlo, sabiendo que nunca debes comprar un animal al que exponen como un objeto a la venta, encerrada en una caja de cristal, escuálida, sucia, llorando y temblando, entré, pagué y la saqué de allí. Mi alergia vino después, al cabo del año, y con ella mi calvario. Mocos, estornudos, afonía, tos, algún que otro ataque de asma… durante muchos años aguanté, y me prometí a mí misma que, por salud, no debía volver a tener un peludo en casa. Mis hijos siempre lo han entendido, pero alguna vez me decían: “¿y si probamos con un gato? los hay hipoalergénicos”, y la verdad es que me tentaba mucho, pero me daba miedo arriesgarme. 

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