Así comienzo mi historia con “my golden cats”, contándoos por qué nos decidimos a tener un gato de raza. Soy alérgica a los gatos y a los perros. Creo que es de las cosas que más rabia me dan, porque me encantan. No lo era cuando adoptamos a Linda, mi primera gata, ni cuando un día vi en el escaparate de un almacén de piensos a Nuka, mi adorada perra, y sin pensarlo, sabiendo que nunca debes comprar un animal al que exponen como un objeto a la venta, encerrada en una caja de cristal, escuálida, sucia, llorando y temblando, entré, pagué y la saqué de allí. Mi alergia vino después, al cabo del año, y con ella mi calvario. Mocos, estornudos, afonía, tos, algún que otro ataque de asma… durante muchos años aguanté, y me prometí a mí misma que, por salud, no debía volver a tener un peludo en casa. Mis hijos siempre lo han entendido, pero alguna vez me decían: “¿y si probamos con un gato? los hay hipoalergénicos”, y la verdad es que me tentaba mucho, pero me daba miedo arriesgarme. 

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